Por Enrique Muñoz
Claudia Tacoronte Aguilera tenía 21 años.
Era española, originaria de Canarias, estudiaba Educación Infantil en la Universidad de Granada y había llegado a Morelos apenas en agosto para hacer algo que miles de jóvenes en el mundo sueñan con hacer: estudiar un semestre en otro país.
Eligió México.
México le devolvió un ataúd.
La noche del 12 de septiembre Claudia estaba en Cuautla, participando en unas jornadas relacionadas con plantas medicinales. Salió a cenar y regresó a la Casa de la Cultura.
Nunca volvió.
Un hombre la atacó con un arma blanca y le robó el teléfono celular.
Eso sostiene hasta ahora la Fiscalía.
Un celular.
Veintiún años de vida a cambio de un teléfono.

El presunto responsable, Francisco Javier “N”, alias “El Trompas”, fue detenido días después. Las cámaras ayudaron a reconstruir sus movimientos y fueron ciudadanos quienes terminaron reconociéndolo y alertando a las autoridades.
Hoy está vinculado a proceso y en prisión preventiva. La Fiscalía de Morelos buscará una pena de hasta 70 años.
Magnífico.
Ahora tendremos comunicados, audiencias, fotografías del detenido y funcionarios prometiendo que “no habrá impunidad”.
Todo después de que Claudia está muerta.
Porque ése se ha convertido en el modelo mexicano de seguridad: primero ocurre la tragedia y después aparece el Estado.
Lo verdaderamente vergonzoso es el contexto.
Claudia es la cuarta estudiante vinculada con la Universidad Autónoma del Estado de Morelos asesinada en siete meses, de acuerdo con los reportes publicados después del crimen.
Cuatro.
¿Cuántas estudiantes tienen que morir para que deje de llamarse incidente y empiece a llamarse fracaso?
Morelos es gobernado por Margarita González Saravia, de Morena. Claudia Sheinbaum también pertenece al partido que lleva años explicándonos que México vive una transformación histórica.
Pues la transformación ya llegó a las universidades.
Ahora una joven extranjera viene de intercambio y su universidad termina suspendiendo futuros intercambios porque no puede garantizarse que sus alumnos regresen vivos.
La Universidad de Granada canceló las próximas movilidades hacia Morelos.
España ha recomendado evitar viajes no esenciales a la región.
Ésa es la verdadera marca México que estamos exportando.
No el Mundial.
No el Tren Maya.
No los discursos de soberanía.
Miedo.
El caso cruzó el Atlántico porque Claudia era española. Su ministro de Exteriores exigió justicia. Su padre tuvo que viajar miles de kilómetros, no para abrazar a su hija después de una experiencia universitaria, sino para identificar su cuerpo y llevárselo de regreso a casa.
Pocas imágenes pueden resumir mejor nuestro fracaso.
Y mientras tanto, aquí seguimos discutiendo si las cifras oficiales de violencia bajaron determinado porcentaje.
Díganle al padre de Claudia que revise la gráfica.
Explíquenle que la estrategia está funcionando.
Cuéntenle que México está mejor que antes.
Tal vez así entienda por qué su hija salió de España para estudiar Educación Infantil y regresó en un féretro.
La captura de “El Trompas” es necesaria.
Pero no convierte este caso en éxito.
El éxito habría sido que Claudia terminara su intercambio.
Que conociera México.
Que estudiara.
Que viajara.
Que regresara a Canarias contando historias sobre nuestro país.
Eso era lo que debía ocurrir.
No ocurrió.
Claudia vino a México buscando educación, cultura y una experiencia que probablemente recordaría toda su vida.
Y terminó convirtiéndose en una estadística más de un país que se está acostumbrando demasiado a contar muertos.
La 4T podrá presumir todas las reducciones porcentuales que quiera.
Hay una cifra que resulta bastante más difícil de maquillar:
Claudia tenía 21 años cuando llegó.
Y México no pudo devolverla viva.
Fuentes consultadas: Reuters, Cadena SER y la cobertura previa de Enrique Muñoz News.







