El empleo en México creció en agosto de 2026, pero los indicadores de calidad laboral se deterioraron. El INEGI reportó 60.7 millones de personas ocupadas, 1.2 millones más que un año antes; al mismo tiempo, la informalidad laboral subió a 55%, la desocupación alcanzó a 1.9 millones y aumentó la proporción de trabajadores en condiciones críticas.
Informalidad laboral alcanza a 33.4 millones
La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo de agosto, difundida por el INEGI el 25 de septiembre, calculó una población económicamente activa de 62.6 millones de personas. La tasa de participación se ubicó en 59.3%, medio punto por encima de la observada en agosto de 2025.
El avance de la ocupación no vino acompañado de una mejora equivalente en la formalidad. El instituto estimó que 33.4 millones de personas trabajaron en la informalidad, con una tasa de 55%, frente a 54.8% un año antes. La medición incluye tanto a quienes laboran en unidades económicas no registradas como a trabajadores sin protección laboral en empresas formales, gobierno o actividades agropecuarias, de acuerdo con la metodología de la ENOE.
La población desocupada llegó a 1.9 millones, 87 mil más que en el mismo mes de 2025. La tasa de desocupación fue de 3%, una décima más en la comparación anual. Aunque el nivel sigue siendo bajo frente a otras economías, el aumento simultáneo del desempleo y la informalidad obliga a mirar más allá del crecimiento neto de plazas.
Servicios ganan empleo; manufactura y campo retroceden
La expansión fue desigual. Los servicios diversos sumaron 790 mil personas ocupadas; restaurantes y alojamiento, 538 mil; los servicios profesionales, financieros y corporativos, 247 mil; y el gobierno junto con organismos internacionales, 242 mil. La construcción agregó 146 mil puestos.
En contraste, el sector agropecuario perdió 290 mil personas ocupadas, la industria manufacturera 263 mil y el comercio 161 mil. La caída manufacturera resulta especialmente relevante en un momento en que el discurso público apuesta por la relocalización productiva. La inversión extranjera directa alcanzó niveles récord, pero la reducción de nuevas inversiones y el retroceso del empleo industrial muestran que el capital registrado no se traduce de manera automática en nuevas plazas.
El caso de Altos Hornos de México también ilustra el costo regional de la fragilidad industrial: la subasta de AHMSA mantiene en juego miles de empleos y obligaciones pendientes. Son escenarios distintos, pero ambos subrayan la necesidad de medir el resultado laboral de los anuncios de inversión.
Más ocupación no equivale a empleos de calidad
Otros indicadores reforzaron la señal de alerta. La población subocupada —personas que necesitan y pueden trabajar más horas— fue de 4.3 millones, equivalente a 7% de la población ocupada. Además, la tasa de condiciones críticas de ocupación aumentó de 37.3% a 37.8%. Este indicador combina jornadas excesivas o insuficientes con ingresos laborales bajos.
La brecha de participación por sexo continuó amplia: 74.4% de los hombres de 15 años y más formó parte del mercado laboral, frente a 46% de las mujeres. La ficha oficial del INEGI confirma que el crecimiento agregado convive con rezagos persistentes en acceso y calidad del trabajo.
Los datos no borran el aumento de 1.2 millones de personas ocupadas, pero sí acotan su lectura. Para que el crecimiento del empleo se convierta en bienestar sostenido, el Gobierno federal debe mostrar resultados medibles en formalización, seguridad social, productividad e incorporación de mujeres al mercado laboral. Sin esos avances, una parte mayoritaria de la fuerza de trabajo seguirá fuera de la protección plena de la ley.







